El agua se siente fría ya. La vieja tina de baño deja desbordar pequeñas cascadas que salpican ruidosamente el piso de mármol. Y los largos cabellos rojos de la peluca tirada en el piso flotan blandos en el denso charco.
Araceli escucha el silencio. Una amniótica sensación la rodea como una energía húmeda y ya no tan tibia. No sabe cuanto tiempo hace que está bajo el agua. Cree saber que no está muerta… Pero. ¿qué es estarlo?
Abre los ojos. Observa la cortina que cuelga del último eslabón que se salvó del tironeo en la pelea. Bajo el agua de la tina Araceli imagina que ese pequeño eslabón plástico baila para soltarse de su barral y ser libre junto a sus hermanos, desparramados en el piso.
Bajo el agua se escucha la nada, o lo simple. Bajo el agua no se ve la realidad… esta se deforma onírica, caprichosa.
Necesita respirar, y asume que no está muerta. Se incorpora en la tina y observa su peluca que, deformada por el charco de agua, dibuja una sinuosa línea que termina confundida en otro charco. El de sangre que proviene del grueso cuerpo de Pedro.
La escena podría ser una obra de arte surrealista, pensó Araceli. Cabellos rojos. Sangre roja, y paredes amarillas salpicadas de rojo. Pinceladas furiosas. Óleo. Piel. Base oscura y marco negro. Si. Ella quizá compraría ese cuadro.
Pero no. Se incorporó y el agua se desbordó arrastrando las últimas gotas de sangre que no habían sido diluidas en el líquido puro. Y la ¨obra¨ se transformó en lo que realmente era: una sucia carnicería. Sabía que el trabajo lo terminó eficazmente. El llamado de Magdalena al mediodía justificaría el cincuenta por ciento restante, pero no podía sacarse de la cabeza el error de hace unas horas. Me confié de más, pensó.
El glorioso cuerpo desnudo emergió bruscamente, quebrando la calma grotesca que había ganado el baño en suite en la casa de Paez. Su delicado pie pisó sangre y agua. Un astillado espejo contempló, afortunado, la cicatriz que recorría el omóplato de la triangular espalda de Araceli. Y el toallón, bendito toallón, atesoró esa desnudez por la cual los hombres viven y sueñan.
Guardó en la cartera sus armas: La minifalda, las medias negras y el body de puntillas bordó, que arrancaron a Pedro ¨el chato¨ Páez de la fiesta en el Palacio Ferreyra. Se convirtieron en minúsculos cilindros arrollados entre sí y fueron rápidamente reemplazados por el conjunto deportivo de calzas y top negro. Combinados a la vincha roja y blanco convirtieron a la despiadada asesina en una persona más, que corre todas las mañanas en el circuito que rodea la universidad de Córdoba.
Acomoda su seno izquierdo dentro del top para colocar la pinza del pequeño reproductor de mp3 que cierra la quimera de la bella corredora. Se mira en el espejo y aprueba la imagen. ¿quién no lo haría?
El sol aún no asoma, pero el cielo púrpura avisa de su inminente presencia. Araceli siente el frío de la mañana recorrer sus brazos y sus piernas, mas no la desconcentra de la revisión de elementos que provocaron que el trabajo se le fuera de las manos la noche anterior. Pedro tenía cuarenta y siete años, y una famosa debilidad. Las pelirrojas. La fiesta se volvería el lugar perfecto. Lleno de mujeres livianas y risas gritadas que dejarían tendida la roja alfombra de la muerte que lo guiaría hasta ella.
Modus operandi típico. Caminar ante la presa. Sonreir y beber, mirando fijo de vez en cuando. Cuando el diálogo ya se inicia solo basta apoyar la mejilla en su rostro y susurrar al oido: ¨En mi cartera tengo un par de esposas.¨ . Listo. Eso es todo. Se gesta el contrato entre la vida y la muerte. Se sella inmediatamente.
Pero Araceli no calculó los gustos sexuales del corrupto diputado. Su fantasía con las mujeres de cabellos de sangre lo asociaba a la más hosca y primitiva violencia. Todo debió terminar como siempre. El ¨encargo¨ se relajaría ante las caricias de Ella y la muerte aparecería allí. No importa cómo. Matar no requiere despliegues extraordinarios para la mujer de cortos cabellos negros. Una llave o una lapicera enterrados en la yugular tienen el mismo efecto que una filosa daga española. Una uña dentro del ojo enseña un nuevo e indescriptible formato de dolor a quien lo experimenta. El cuello se rompe en el mismo lugar. Siempre.
El dolor en la mandíbula le justificó el error. Pedro no solo se desnudó increíblemente rápido, sino que arrancó las prendas de Araceli tan vertiginosamente como su babosa ansiedad se lo permitió. Solo vestía sus guantes de cuerina bordó y sus zapatos negros ¿porqué sacárselos, si le quedan bárbaro? Razonó ¨El Chato¨. Araceli se resistió un poco a la violencia y encontró el puñetazo violento e inaudito en su rostro. Pedro, descontrolado, gritó su resumido speech romántico. ¨¡Quieta, puta, o te parto la cabeza como te voy a partir el or…¨. La giró bruscamente en la cama, dejándola apoyada en sus rodillas. Araceli reaccionó, e inmediatamente extendió su pierna en dirección a la ingle de Pedro. El taco aguja se enterró en los excitados genitales, desprendiendo pedazos de piel y líquidos. Pedro ni siquiera alcanzó a consumar el lógico grito. Araceli, como un latigazo, hundió su codo en la boca del político. Más tarde notaría la analogía social de ese acto.
Lo sorprendente del caso es que Pedro no cayó al piso como esperaba ella. La tomó del cuello y la arrastró, ahorcándola, hasta el baño. Es como si la furia lo hubiera anestesiado momentáneamente. El dolor que sentía se asemejaba a las numerosas y sucias sesiones de bondage en las que había participado él con algunos colegas. Pero ahora el placer sumaba una variable. La furia ciega. Hay que decir que cuando la peluca cayó al piso, El Chato no se mostró más calmo. Su sangrienta boca escupió dientes, insultos y espesa saliva. Araceli sentía que la pared fría se llevaba sus últimos instantes. Entonces extendió el puño y en un movimiento circular rompió el espejo con sus nudillos. Este se astilló y el manotazo arrancó el arma final. El primer tajo cerró la luz en los ojos de Pedro. El segundo abrió el estómago en dos, haciendo honor a la cronología. Y el tercero arrancó la garganta y desprendió el alma del obeso cuerpo.
Las sandalias deportivas de Araceli sacudían el césped del parque en la universidad. No hubo un solo madrugado corredor que no se diera vuelta a contemplar la visión de esa mujer de mediana estatura que, magnética, abría el paso muchos metros antes de llegar. Cinco kilómetros hasta llegar a la circunvalación. El fiat de vidrios polarizados esperaba allí desde la tarde anterior, en una estación de servicio abandonada. El teléfono celular también.
El sudor había ganado su piel. Dentro del Fiat, ¨la venenosa¨ como la llamaba Magdalena, secaba su húmeda frente. Miraba el sincronizado tráfico vehicular que cruzaba su espejo retrovisor. Intentó ingenuamente contar la cantidad de personas que antes de morir la habían visto desnuda. Esta había sido la primera vez. ¨Me manoseó demasiado, el idiota¨ pensó. Y, consecuentemente, agregó una nueva máxima a su Manual de la Muerte. Tocar… no dejar que te toque.
El motor encendió y el Fiat tomó rumbo al sur por la circunvalación. Amanecía un nuevo sábado.
El empleado de la estación de servicio hacía gestos desesperados a su compañero que atendía en el interior del minimarket. A espaldas de Araceli simulaba un sexual balanceo pélvico. Y ella lo sabía sin verlo. Las mujeres bellas desarrollan un sexto sentido especial para estas cosas. No le importaba. Sus ojos miraban a miles de kilómetros de ahí.
Suena el celular.
Araceli mira el aparato con indiferencia. Lo toma y atiende con la voz más neutra que puede utilizar con Magdalena. Un tono frío, libre de tonadas y amabilidad. ¨si… ya está…¨. Y eso es todo. Araceli sube al auto y deja atrás los exagerados gestos de los empleados de la gasolinera, en la entrada a Alta Gracia. ¨Justo lo que me recomendó el médico¨, dice uno de ellos. ¨Una perrita así… la agarrás de las mechas y … le decís que te cocine… Previo chirlo ¡eh!¨. Y ríen ignorando que la muerte les visitó y siguió camino.

