lunes, 1 de febrero de 2010

2099 (cuento - ciencia ficción)


El valle gris y yermo se presenta ante mí sin las tibias caricias de la brisa o los suaves sonidos neuroestabilizadores de cascadas calmas y cristalinas. El dolor en todo mi cuerpo es como una cegadora luz plateada que me baña desde todos los ángulos. Mi mente no está acostumbrada a tanto dolor.

Algo en mí me impulsa a desplazarme reptando. Quiero alejarme del fuego azul que consume los restos de la aeromoto… Llegar hasta ese caserío abandonado del pueblo minero… para… no sé para qué.

Desde mi adormecido entendimiento consigo ver las descalzas piernas de la nhuma que camina lentamente hacia mí. Es como una pequeña niña humana de no más de 10 años… Harapienta, su piel pálida y sucia realza el brillo de sus intensos ojos verdes. En cuclillas, y abrazando sus rodillas apoya su mano en mi frente cubierta de sangre. Nunca esperé morir así… Aquí. En una zona excluida de las recomendadas para aeronavegar, incluso para vehículos civiles blindados como el mío. Lo que me daba seguridad fue mi sentencia.

Lentamente me dejo llevar hacia una absoluta oscuridad de sonidos y luz. Nunca esperé morir… nunca lo desee, hasta ahora.

Vibraciones oníricas.

Mi rostro debe estar sonriendo. Una abrupta vorágine de sensaciones y recuerdos pintan mi percepción de brillantes tintas y luminosas líneas que me hacen viajar desde las doradas arenas en las islas Cook a la deliciosa suavidad de las sábanas sedo sintéticas de aquel hotel en Dubái. Pero los recuerdos de catálogo encuentran su fin cuando siento que mi piel se calienta, y un furioso dolor de cabeza me hace abrir los ojos y descubrir que no puedo mover mi boca ni para gritar mi espanto. Floto en un eterno aullido de dantesco sufrimiento que solo haya eco en mi cráneo. Ni la hedionda cucaracha parada ante mis ojos nota algún cambio en mi cuerpo inerte… Mueve sus peludas antenas mientras me observa, curiosa.

La frágil silueta de la pequeña nhuma está de espaldas, a escasos metros de mí. Jugando, creo, a ser un ave que bate sus alas lentamente. El viento estira su blando cabello negro, extendiéndolo hacia las esferas fluorescentes que cubren la ciudad. En Córdoba encienden cada vez más temprano los campos electromagnéticos que, por ahora, alcanzan a frenar a esta raza de niños de Marte. Pero yo estoy afuera en la noche, que desde hace muchos años se percibía suavemente psicodélica por la presencia de las luminosas descargas verdes y púrpuras que los campos EM generan sobre el cielo en la ciudad. Y es raro. En la oscuridad más densa siento dolor, pero más me duele el miedo.

Quisiera poder decirle a ella que no fue nuestra culpa. Que las colonias marcianas perdieron contacto con NeoBio después del incidente. Aquél donde el enloquecido investigador sueco mató a todos sus compañeros de la colonia de exploración y violó a las dos mujeres sobrevivientes durante eternos meses. Aquí en La Tierra los mercados cayeron y la corporación que financiaba las investigaciones perdió todo su capital para iniciar cualquier posible operación de rescate. Era como buscar atravesar el Nuevo Océano Antártico en un costosísimo viaje de seis años para buscar la última orquídea Vanda, y verla morir a los tres días… Pero esta orquídea sobrevivió.

Los niños engendrados por este lunático - ni me acuerdo de su nombre - nacieron de humanos, pero en Marte. Con el planeta aún en semi atmósfera . Con una genética mucho más flexible que la de los humanos terrestres que los abandonaron. Con cuerpos frágiles en aspecto, pero con mentes que nadaban en redes neuronales infinitamente más densas que las que nuestros primitivos cerebros podrían contener. Nadie supo bien cuándo llegaron… Ahora solo importa que están aquí.

La nhuma gira su mugriento y tierno rostro hacia mí, y mi dolor es reemplazado por un breve escalofrío en mi destrozada espina dorsal. Su expresión es la misma que alcancé a ver antes de creer que podría atropellarla con mi aeromoto. Dicen que la capacidad de los nhuma de generar Pulsaciones Electromagnéticas ha aumentado con los años. Pueden destruir la electrónica de un Cargo Plásmico, con toneladas de armamento, a decenas de kilómetros… Y destrozar así la nave sin una sola explosión ni disparo. Solo mirarla. La explosión vendrá después, quizá… En la volátil mezcla de los combustibles de plasma, como pasó con mi vehículo.

Su mirada profunda, infinita, de muchos más años que los que su biología hace suponer, penetra en mi ser y siento cómo hurga en mi mente. Estoy desnudo ante su percepción aumentada, y nada puedo hacer para proteger las más íntimas posesiones en mi ser. Imprevistamente dejó de mirarme y la disección de recuerdos cesó. El delgadísimo cuerpecito señaló hacia la fosforescencia de la ciudad que dormía su electromagnética seguridad.

Empieza a caminar hacia la ciudad y con un gesto mínimo, casi un pestañeo breve, hace levitar mi destrozado cuerpo y me siento arrastrado por ella, como si tirara de un carrito flotador con muñecos de peluche…. Veo surgir desde las tinieblas a otros nhumas andrajosos, que se unen a esta inaudita procesión.

Quiero dejar de sentir el dolor de mi cuerpo levitante. Desvanecerme y no existir. Quiero morir antes de que llegue a la ciudad y me use como salvoconducto para entrar…

No quiero ser testigo de los que nos va a pasar.

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